Cuentos en la tierra de los nadie

10,00 Impuestos incluidos

Javier López

Categoría:

Descripción

CUENTOS EN LA TIERRA DE LOS NADIE
Javier López
Prólogo de Manuel Rico
Madrid, junio de 2017
ISBN: 978-84-946872-0-4
100 páginas, 14 x 21 cm.
Rústica con solapas
Colección Narrativas,4
Precio: 10 euros (IVA incluido)

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EL AUTOR:

JAVIER LÓPEZ (Collado Mediano, 1957) estudió Magisterio en la Universidad Complutense y comenzó a ejercer como profesor en el Colegio San Roque de la Unidad Vecinal de Absorción (UVA) de Villaverde Alto. Luego se trasladó a Ubrique (Cádiz), donde dio clases en el Colegio Reina Sofía. De vuelta a Madrid, fue nombrado director del Colegio Severo Ochoa de Leganés y actualmente es profesor del Centro de Educación de Adultos Ramón y Cajal de Parla.

Entre 2000 y 2013 fue Secretario General de CCOO de Madrid. Actualmente es miembro de la Ejecutiva Confederal del sindicato, asumiendo las responsabilidades de Formación.

Licenciado en Geografía e Historia, ha escrito un libro sobre El Madrid del Primero de Mayo y como escritor ha obtenido diversos galardones en numerosos premios literarios.

Como articulista es asiduo en medios digitales como Madridiario, Nueva Tribuna o Diario Abierto.

Mantiene un blog personal (www.elblogdejavierlopez.com) y otro blog sindical que lleva el mismo nombre que este libro: La Tierra de los nadie.

Una recopilación de sus artículos ha sido publicada en el libro La fuerza de la palabra. En 2015 publicó el poemario La tierra de los nadie en Legados: http://legadosediciones.blogspot.com.es/2015/06/la-tierra-de-los-nadie-javier-lopez.html

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EL LIBRO:

Del prólogo de Manuel Rico:

¿Quiénes son ellos y ellas? Son «los nadie». Seres humildes empeñados en mejorar su vida, en relacionarla con la vida de los demás, en cumplir sus sueños. La contratada en un camping que un buen día, tras despertar un apunte de sentimiento amoroso en el hombre que la descubre, desaparece un buen día con un motorista para no volver; los jóvenes rebeldes de una pequeña ciudad provinciana encauzando sus aspiraciones insumisas a través de Internet, la formación de expertos en cautivar las voluntades de los poderosos mediante el débil flanco de la sexualidad, el jubilado obsesionado con recobrar el barrio judío son, junto a otros unidos por su condición humilde y soñadora, el sustento vivo, inquietante de la colección de relatos que se despliega a lo largo de estas páginas.

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EXTRACTO DEL LIBRO:

CUNDA

Hay preguntas que me atormentan de vez en cuando y que no parece que tengan respuesta. ¿Cuánto gana un cunda? Pongamos el cunda que estoy esperando. Vamos a suponer, es un ejemplo, que el coche es suyo. Que tiene que serlo, porque se cae de viejo y, además, quién va a prestar o alquilar un coche para una cosa así que, cuando menos te lo piensas, viene la poli a tu casa y te marea la cabeza con que si te lo han robado y tal.

Así que el coche es suyo y no se hable más. Sólo en cada viaje completo ya has trincado dos talegos. Claro que hay que pensar en el consumo de gasolina que, con cinco tíos dentro, no es moco de pavo.

Vamos a ver, un coche viejo puede gastar, es un suponer, ocho o diez litros a los cien. Pero menos de ocho ni de coña. Y aquí tenemos el primer problema. Un cunda de Legazpi gasta menos gasolina que uno de Pan Bendito. Está muy claro, porque desde Legazpi al vertedero, pongamos que hay diez kilómetros, mientras que desde el Pan Bendito, a lo mejor hay veinte. Todo esto son ejemplos. Para no liarnos, digamos que hay una media de quince kilómetros. Así que cada viaje consume unos…

Bueno, mejor pongamos que se hace unos veinticinco kilómetros en total. Justos dos litros y medio de gasolina. Eso supone unas tres libras por viaje, que hay que descontar de los dos talegos. Así que le quedan, más o menos, mil setecientas pesetas en cada viaje. Si hace cuatro viajes, dos por la mañana y dos por la tarde, se pone en casi siete papeles al día.

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Claro que el coche no le va a durar toda la vida y menos por los caminos por los que lo mete cargado a tope. Si es un poco profesional, tiene que pensar en darle boleto antes de que le deje tirado en un descampado y los clientes tengan que terminar el camino a pie, expuestos a verse asaltados por cualquier sirlero. No es un plato de buen gusto, puedo asegurarlo.

Pero vamos, se ponga como se ponga, menos de seis papeles, fijo que no pilla. Y además están las comisiones, que no sé si serán en dinero o en especie. Más bien lo segundo, creo yo, porque alguna comisión se tiene que llevar por parar el coche donde la «Choni» en lugar de, pongamos por caso, delante del chabolo de la «Turca». Así que, en cada viaje, a lo mejor trinca dos micras gratis.

Si tuviera coche y carnet de conducir, claro, tenía la vida resuelta. Todo era cosa de llegar a un acuerdo con una gitana y buscarme clientes fijos, conocidos, sin problemas. Y una parada, claro, un sitio poco controlado para no buscarme líos con otros cundas. En eso hay que tener cuidado, no siendo que al final te encuentres con un pinchazo traicionero cuando menos lo esperas. Todo limpio, bien montado, con horarios y todo.

Hasta días libres podría tomarme y, quién sabe, si todo fuera bien, hasta podría tener un socio que me currase por turnos y hasta una flota de cundas que salieran de diferentes puntos. Eso ya sería la hostia.
Claro que todo esto es hablar por hablar porque, en estas condiciones, lo de sacar el carnet lo tengo crudo y no digamos las pelas para comprar un coche. Ni de segunda mano consigo nada por menos de trescientos papeles y, aún eso, por lo bajo.

Podría ahorrar algo si me meto a buscavidas, pero eso no es nada seguro. Todo el día por el vertedero. Que si ofreciendo jeringas, que si dando el agua, que si buscando clientes para ésta, o la otra. Con eso se gana lo justo para el consumo y poco más. De ahorrar, ni pensarlo. Aparte de las movidas con los otros buscavidas, que no es moco de pavo, ni plato de buen gusto, verte acorralado en mitad del descampado y jueguen al fútbol con tus pelotas. No es que las use mucho últimamente, para qué voy a negarlo, pero las tengo aprecio y no es cosa de andarlas poniendo en peligro, por lo menos si no hay mucha pasta de por medio.
Lo de la sirla podría ser otra solución, pero hay que tener mucha sangre fría y mucha mala leche para eso.

La verdad es que lo he pensado, pero sólo cuando ando muy pillado y, en esos momentos, es cuando menos sangre fría me queda en las venas. Puedo pillar un destornillador, reventar un coche y malvender las cuatro gilipolleces que consigo, pero ponérselo a una puta yonki en el cuello para quitarle un par de talegos, que es todo lo que ha conseguido después de patearse todo el día la calle, es una auténtica cabronada.

El día que caiga tan bajo, prefiero que un par de gitanos me manden al otro barrio, o que me trinquen robando en una casa y me pase un par de años haciendo cundas entre Soto del Real y Navalcarnero, que es una forma, como otra cualquiera, de pasar el mono unos cuantos días y buscarte luego la vida para volver a tenerlo.

Además, visto lo visto, mejor casi, porque esto se está poniendo cada vez más feo. Al principio, pillabas en el barrio. Trato personalizado y buen rollo. Los vecinos se mosqueaban. Durante un tiempo nos íbamos al barrio de al lado y punto. Luego se montaron los supermercados de los poblados y te acercabas al que tenías más a mano. Transporte público y tú elegías la gitana más aparente. Más o menos, el ambiente también llegaba a ser familiar. Pero estaban demasiado a la vista.

Al final, han terminado montando esta ciudad lineal de la droga, entre dos montañas de basura. Si no quieres arriesgarte a atravesar a pie un desierto, poblado de sirleros salteadores de caminos, tienes que depender del cunda que te lleva al chabolo de su gitana de confianza.

Encima, no tiene horario fijo. A lo peor, ya ni vuelve.

JAVIER LÓPEZ

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