Donde no me esperas

13,00 Impuestos incluidos

Lola Illamel

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Descripción

DONDE NO ME ESPERAS
Lola Illamel
Madrid, marzo de 2018
ISBN: 978-84-946872-2-8
146 páginas, 14 x 21 cm.
Rústica con solapas
Colección LA KERMESSE HEROICA, 1
Precio: 13 euros (IVA incluido)

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LA AUTORA:

LOLA ILLAMEL nació en Madrid y en la actualidad reside en Ginebra, donde ha trabajado en diversos servicios editoriales del sistema de las Naciones Unidas. Ha publicado relatos en distintas revistas y antologías. Este es el primer libro que firma en solitario, a pesar de estar convencida de que nadie escribe nunca verdaderaente solo.

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EL LIBRO:

Por amor al arte, Lola Illamel se ha esmerado para ofrecernos Donde no me esperas, un puñado de relatos tejidos y destejidos con la inspiración de una paleta de color casi infinita. Las historias fluyen como un río tranquilo, pero no siempre es suave lo que se cuenta. La pintura (En abril), el cine y los sueños (De película) y la música (Obsesión) sirven de marco a un espejo que no siempre devuelve la imagen esperada.
Aunque no esté de moda, la autora se atreve a levantar la mano y plantarle cara a la posverdad. En Fosa abierta retrata, a través de la magia negra, una dictadura demasiado reconocible, con un olor todavía presente en estos días. Eveilhín muestra los rastros de la utopía en un mundo en el que la magia blanca se enfrenta a la pobreza, el paro y el alcoholismo. Con La fábrica y el mundo se radiografía la angustia de los barrios obreros de Madrid en los años 80.
También sexo. Como la vida misma. En la frontera de la niñez, en el edén de la inocencia, con sus puntos de vista: Variaciones en el Paraíso. Con su emoción y sus trampas: París, Pont Neuf. Que no falte el humor. Con todos los matices. Por supuesto. Así podemos evitar los días de furia gracias a piezas como El paseo o Congreso internacional de endocrinología.
Las leyendas y los mitos adquieren per les insospechados por la hechicería de las palabras en Amor eterno y Donde no me esperas. Quién le hubiera dicho a Penélope que iba a acabar así.

ANTONIO M. FIGUERAS
Director de la colección

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EXTRACTO DEL LIBRO:

EL PASEO

A la hora del paseo suele despegarse discretamente del grupo de enfermos y se interna en el parque del hospital psiquiátrico hasta llegar a las enormes vallas que rodean sus lindes, espacios deshabitados del mastodóntico recinto.
Del otro lado de las vallas ve en ocasiones a los niños del pueblo, que la miran con nerviosismo pueril, asomados furtivamente al pozo donde la realidad pierde pie y cambia de nombre.
Los cuidadores suelen dejarla. Es una paciente tranquila y siempre vuelve al salón de reposo a la hora prevista. Ya ni siquiera miran el reloj a su regreso.
Pero hoy, siguiendo el enrejado distraídamente, como siempre, pasando los dedos por entre las rendijas para sentir el ritmo de su propia marcha, ha llegado un poco más lejos, a una de las esquinas del recinto, y ha descubierto un agujero a la altura del suelo, seguramente cavado por algún animal (a veces, ha oído decir a algún visitante, se ven topos, zorrillos e incluso jabalíes por los bosques de alrededor).
Se cuela por la rendija con naturalidad, como si fuera la puerta de su casa, y sale tranquilamente a respirar el aire del campo. Se sacude el vestido, recorre un par de kilómetros a la deriva y, como por encanto, da con un pequeño refugio escondido entre el pienso de una antigua granja abandonada.
De madrugada la despierta el cosquilleo de unos pequeños gusanos amarillos que corretean por su cuerpo, pero no importa. Fuera se escucha el ruido de una batida, probablemente los cuidadores, que habrán salido a buscarla o habrán llamado a la policía para que lo haga. Se esconde entre la paja y sigue durmiendo.
Todavía no ha entrado del todo la mañana cuando retoma su marcha. Con la misma calma, como una señorita rural que recorriera sus dominios, llega al pueblo. Es domingo. La plaza está vacía. Los viejos saldrán seguramente a misa un poco más tarde.
En el estanque hay peces rojos, grandes carpas que parecen devorarse unas a otras. Las ve y se queda extasiada contemplándolas. Pobrecitas, piensa, estáis un poco inquietas esta mañana y yo ni siquiera tengo pan. Mira en sus bolsillos y allí están todavía las seis pastillas del día anterior, las tres de la mañana y las tres de la tarde, que ha escondido, como de costumbre, debajo de la lengua, y ha guardado luego en el bolsillo.
Las saca y las echa al agua. Los peces se precipitan a engullirlas, pero es imposible saber cuál de ellos lo consigue.
Se queda allí un rato, observando seria, como un médico que quiere verificar el efecto deseado.
Está tan concentrada que ni siquiera se da cuenta de que dos hombres llegan a la plaza a sus espaldas y se dirigen hacia ella. Le da tiempo a ver, justo antes de que la agarren por los brazos y la levanten para llevársela, cómo una de las carpas sube a la superficie, inerte y panza arriba. Ya se ha dormido, pobrecita, dice, buenos días señores, hace un sol magnífico esta mañana.
—La loca ha matado a los peces —cuenta en el bar el farmacéutico, que la ha descubierto esa mañana desde la pequeña ventanilla concebida para las guardias nocturnas—. Qué diantre les habrá echado—.

LOLA ILLAMEL

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